El zodíaco y la amistad

Habría mucho que contar sobre las relaciones de amistad, cuya naturaleza tal vez sea más reciente de lo que creemos dentro las relaciones humanas. Es lícito pensar que son una consecuencia de las obligaciones, barreras, prohibiciones e inhibiciones que la vida en sociedad, cada vez más igual y compleja, ha impuesto a los hombres y a las mujeres, quienes, para vivir juntos, al mismo tiempo que preservan la identidad de su clan, han tenido la necesidad y la idea de establecer algunas reglas. Sin embargo, una vez creadas, sobre todo para apaciguar las disputas entre individuos de clanes diferentes y para que, de alguna manera, cada uno ocupe su lugar, sin duda los seres debieron caer en su propia trampa.

Del amor a la amistad

Es posible plantearse que la vida en grupos parecidos y cada vez más numerosos, en pueblos, en ciudades y, por último, en las grandes metrópolis, ha alejado cada vez más a los individuos de las verdaderas relaciones humanas, y lo que hoy definimos mediante este término no se mide con el mismo rasero o ya no tiene nada que ver con las relaciones que establecían nuestros lejanos antepasados, que tanto suscitan nuestro interés recientemente. Así, por ejemplo, sería lógico pensar que a dichos lejanos antepasados nunca se les hubieran ocurrido los principios del psicoanálisis y de la psicología. Y cuando hacemos este tipo de afirmaciones -teniendo también en cuenta que no conocían ni dominaban la energía eléctrica o los antibióticos, que tanto han contribuido a hacer que la humanidad llegue a ser lo que es hoy-, buscamos justificar que hemos evolucionado mientras que ellos estaban todavía en una fase muy primitiva, casi animal, y que, por consiguiente, eran muy ignorantes.
¿Podemos estar tan seguros de ello? ¿A partir de qué criterios juzgamos con superioridad lo que era únicamente diferente, otra manera de vivir, de ser y de pensar? Por eso, antes de ocuparnos de las múltiples maneras de «trabar amistad» que hay en la actualidad, desde el punto de vista de los 36 decanatos del zodíaco, transportémonos miles de años atrás (lo que llamamos el hombre moderno nació, según los científicos e historiadores, hace al menos 90.000 años), y acerquémonos a un hombre y una mujer, que vivían de la caza y la recolección. A ser posible -puesto que los prejuicios, nacidos a partir de creencias, convicciones y principios de tipo colectivo, nunca mueren-, intentemos imaginarlos en el momento en que se conocían y se acercaban el uno al otro espontáneamente.
En efecto, aquí intentaremos eliminar un prejuicio sexista, que se ha convertido en una ley universal: el hombre es fuerte y la mujer es débil. Este prejuicio está tan arraigado en nuestra conciencia de hombres y mujeres actuales, que para conseguir eliminarlo y considerar que las relaciones pudieron ser algún día totalmente diferentes hay que dar muestras tener mucha imaginación.
Así, supongamos, siguiendo con el actual esquema clásico y sexista (el hombre es el que encuentra y la mujer la que se aprovecha de ello), que el hombre está saboreando una fruta. La mujer se le acerca con naturalidad y le propone compartir la fruta, que, por otro lado, en la mente de un hombre de hace 90.000 años, no le pertenecía sino que la cogía directamente del gran huerto de la naturaleza.
Juntos, calman su hambre, pero a la vez comparten un mismo placer: saborear esa fruta.
A continuación, simple y espontáneamente, les puede apetecer acariciarse, para continuar con este momento de gracia, de paz, privilegiado, prolongando así la felicidad que sienten de estar juntos.
Volvamos por un momento a nuestras convenciones actuales. Si un hombre invita a una mujer desconocida o que acaba de conocer, a comer o a cenar, todos sabemos que hay una segunda intención y ella también, en el momento que acepta.
A cambio de esta comida, él puede dar por sentado, si carece de capacidad reflexiva, que ella se le entregará. Así pues, esta relación hombre-mujer, tal como la entendemos hoy, parece basada exclusivamente en una especie de negociación, aunque no nos demos cuenta, puesto que forma parte de nuestras costumbres. Y las relaciones de pareja casi siempre se basan en este principio. Pero por suerte todavía hoy a uno le puede apetecer compartir el simple placer o la felicidad de estar juntos, sin segundas intenciones.
Ya no se puede hacer como cuando vivían nuestros antepasados, puesto que los sentimientos exclusivos de posesión y, por consiguiente, de negociación y chantaje, y todas las prohibiciones derivadas, nos lo impiden, de modo que aún se tiene esta posibilidad de una relación fraterna cultivando nuevos sentimientos, sutiles e intelectualizados, que son los de la amistad.

El recorrido de la amistad en el zodíaco

Por eso, el zodíaco, del que a menudo te hemos indicado que es una clave de referencia en la que podemos incluir y reencontrar todos los ingredientes de la cultura humana, así como todos los comportamientos del hombre -sin caer en la simplificación-, nos ofrece un abanico de experiencias de amistad vividas por los hombres y las mujeres de los tres decanatos de todos los signos. Y aún es más: la amistad, que es tal vez un sentimiento relativamente nuevo, y que se inspira en emociones más antiguas, de las que aún tenemos reminiscencias, se vive de forma diferente según se trate de un hombre o de una mujer de un mismo decanato.
De hecho la amistad, sentimiento cómplice, se ha convertido en otra forma de amor, que tiene una función importante en un mundo donde el individuo, a pesar de lo que se diga, cada vez está más aislado, se siente cada vez más solo, por lo que experimenta cada vez más la necesidad de intimar y entablar relaciones privilegiadas, enriquecedoras y estimulantes.