Saturno

La firmeza de espíritu

Pobre Saturno, ¡qué triste y mala fama tiene! Cuando oímos hablar de él a algunos astrólogos o apasionados neófitos de la astrología, tenemos la sensación de que es el responsable de todos los males de la Tierra. Nos parece oportuno poner los puntos sobre las íes.
Si actualmente los astrónomos y astrofísicos escrutan, sondean y estudian el cielo de arriba abajo, habiendo incluso detectado en el universo el eco y la luz del famoso big bang que supuestamente se produjo hace miles de millones de años y del cual el universo salió, es, ante todo, para aprender mucho más sobre las estructuras físicas y químicas del cielo y todos sus componentes. En cuanto a nuestros antepasados, les bastó con comprender los grandes principios de ciertos fenómenos celestes visibles desde la Tierra, para establecer un sistema, una tabla, en este caso el zodíaco, que les permitiría organizar el mundo, clasificar metódicamente los presagios y las analogías existentes entre los elementos naturales y ellos mismos. Sin embargo, al crear así los fundamentos de la astrología, que todavía hoy estudiamos, su intención no era conocer mejor el cielo y el universo, sino disponer de un instrumento práctico y fácilmente transmisible de generación en generación, que les diera la posibilidad de vivir mejor sobre la Tierra. En otros términos, como ya hemos dicho a menudo en estas páginas, los creadores del sistema astrológico eran seres pragmáticos, cuyo objetivo era utilizar el cielo para fines utilitarios y prácticos en su vida corriente.
Por eso, al estudiar una carta astral, nunca olvides que lo esencial está en el ser que dicha carta representa, su
vida y su realización personal de los hechos. Las posiciones de los astros en el cielo no revelan nada en sí mismas. En cambio, toman todo su sentido cuando afectan a un ser en particular, cuando una configuración planetaria, en un momento dado del cielo, coincide con la aparición de este ser en la Tierra. Al igual que nuestros antepasados, deberíamos preocuparnos por nuestra vida actual y presente en la Tierra, más que buscar desesperadamente en otra parte lo que nunca encontraremos, mientras no lo busquemos dentro de nosotros.

Saturno, el iniciador del zodíaco

Ahora bien, eso es exactamente lo que Saturno nos dicta o nos obliga a hacer, según el caso. Puesto que si el gran principio de Júpiter es el de abrir, dilatar, extender, el de Saturno es el de volver a cerrar, concentrar y conservar. Saturno lo atrae todo hacia sí. Saturno nos ayuda o nos fuerza a comprender que todo se encuentra en nosotros.
Saturno ocupa el lugar de iniciador del zodíaco. Nos limita, restringe, refrena y retiene para inducirnos a ir a lo esencial. Yes precisamente a causa del papel restrictivo que juega, por lo que tiene tan mala reputación. En efecto, todos sabemos que la naturaleza humana es débil, que se complace a menudo con situaciones o estados que le perjudican o le impiden evolucionar, crecer y madurar. Y aun es más, actualmente, se nos enseña poco a restringirnos y dominarnos. La paciencia, la tenacidad, la sobriedad son cualidades muy poco preconizadas, favorecidas o apreciadas. No las tenemos por muy agradables. A menudo preferimos la cantidad a la calidad. Es normal. Cada vez somos más en la Tierra. Nunca habíamos sido tan numerosos. Aspiramos, pues, espontáneamente a que todo el mundo salga ganando, a vivir en paz, es decir, satisfecho y saciado, aunque al final no sea así. Sin embargo, al hacerlo, miramos la realidad de este mundo más con ojos jupiterianos que saturnianos. En este momento estamos pensando en la expansión, la abundancia, la productividad, la generosidad y la buena voluntad. ¿Pero no deberíamos más bien restringirnos, cesar de producir o subproducir y malgastar como lo estamos haciendo y aprender a ser selectivos, a demostrar discernimiento y saber renunciar a tiempo, antes que aceptarlo todo?
Lo que es cierto en el ámbito colectivo, lo es, en primer lugar, en el ámbito individual. Así, cuando vamos demasiado lejos sobrepasamos nuestros propios límites en cualquier ámbito de nuestra vida, a menudo recibimos un golpe de Saturno, como se suele decir, una llamada al orden, un frenazo, una adversidad. Pero no debemos olvidar que, mediante los elementos y las características propias de dicho astro, nos estamos dando una advertencia a nosotros mismos. Dicho de otra forma, todos los frenos están en nosotros. Pero, la mayoría de las veces, si bien no nos cuesta nada apretar espontáneamente el pedal del acelerador de las alegrías, de la expansión y de los placeres revelados por Júpiter, nos cuesta mucho tener tanta espontaneidad
cuando se trata de pisar a fondo el pedal del freno de la reflexión, la lucidez y la sensatez inherentes a Saturno.
De manera que cualquier ser puede elegir de este modo: o bien integra las cualidades propias de Saturno tal como están indicadas en la carta astral, o bien las ignora. Si las integra, sigue una lenta maduración resultado del hecho de saber esperar cuando es necesario, saber renunciar o restringirse si es necesario, aprovechar el propio poder de concentración, el espíritu lógico, valorar racionalmente las circunstancias, aprender a dominarse, dar muestras de discernimiento, librarse a tiempo de lo que ya no sirve o ya no tiene razón de ser en la vida, conocer los propios límites, ser autosuficiente, asumir las propias responsabilidades.
Así, será capaz de cultivar esta firmeza de espíritu, que es la más bella cualidad de Saturno.
Si las ignora, la vida, o más exactamente los acontecimientos o las circunstancias de la vida, se encargará de ponerle a prueba, y quizás quede claro que mientras no aprenda la lección, las adversidades se repetirán regularmente en su existencia, hasta que haya tomado conciencia de ellas. Ahora bien, como casi siempre somos más negligentes o ignorantes que vigilantes y clarividentes, se nos pone a prueba. Entonces Saturno es quien lleva la pesada responsabilidad de las pruebas que nos son infligidas. Pero no sería falso decir que sus efectos, tanto si nos hacen sufrir como si son benéficos, siempre resultan saludables. Puesto que son ellos los que permiten cultivar esta firmeza de espíritu que nos hace más resistentes, más maduros, más ricos al ser lo que somos.