Hombre Capricornio Mujer Leo

¿Cómo son las relaciones de pareja entre una mujer Leo y un hombre Capricornio?

Cuando Capricornio y Leo se unen, la gente suele hacer comentarios: ¿Cómo es posible que un hombre conservador se sienta atraído por una mujer impulsiva, extravagante, caprichosa, que se siente una reina a la que hay que reverenciar? A la vez, ¿qué verá ella, cariñosa y desprendida en un hombre discreto, silencioso, que guarda con pasión el dinero, que no gusta de las fiestas, no es muy amable y desprecia el lujo? Ocurre que tienen más elementos en común que los que aparecen superficialmente.
Este hombre siente placer en casarse con una mujer que lo ilumine y le permita abrir sus horizontes emocionales, atados desde siempre. Se maravilla con la fama, el éxito o el talento de las personas diferentes a él, a las cuales quisiera parecerse. Tú has conquistado, de manera temprana en tu vida, cierto prestigio o notoriedad que te distinguen de las otras mujeres. Tal vez hayas sido la reina de Belleza de tu promoción, te destacaste como actriz en el teatro de tu ciudad o te destacaste como delegada de tu curso.
Cuando te conoce, ya eres un sol. Buscaste siempre un hombre con un futuro exitoso que te asegurara lujos y con un temperamento como para sentirse orgulloso de tu brillo social. Si hay alguien capaz de triunfar y adquirir seguridad material, es el hombre de Capricornio. Aunque te sientes una reina, admiras su tenaz perseverancia para llegar a la cumbre. Además se complementan: como él nunca es perezoso, tú puedes serlo de vez en cuando. La actitud altiva de él hace pareja con tus aires de soberana. Ambos son leales y la paciencia del hombre Capricornio te da una seguridad emocional incomparable.
Ambos son, también, egoístas y fáciles de ultrajarse mutuamente. El te llamará vanidosa, malcriada, petulante y tú los acusarás de frío, tacaño e insensible, lo que originará tensiones. La paciencia de Capricornio logra milagros, también tu vulnerabilidad, porque no te imaginas que sería de ti sin este hombre. Cuando comiences a reclamar tu brillo personal, a asistir a fiestas sola, para ver de lejos a la “plebe” y comprobar cuántos te admiran y no pidas permiso a tu marido y padre de tus hijos, ocurrirán las grandes peleas.
El necesitará tener la certeza del lugar donde te diriges y qué actividades desarrollas, para asegurarse de que no estás deshonrando el buen nombre de la familia. Aquí es donde tienen que sentarse a negociar. El deberá concederte cierta dosis de libertad, convencido de que eres lo suficientemente digna y leal para actuar como una dama en todo momento, aun en su ausencia. Y tú deberás acceder a consultar su opinión, como hacen las reinas con los primeros ministros, sobre la decisión que vas a tomar, estudiando cierta carrera o asistiendo a determinada fiesta. Tu bondad es más vigorosa que tu majestuoso y simulado desdén, nacido de tu inseguridad total. Se entenderán.
Como amantes tienen encuentros profundos y sumamente eróticos. El será paciente y esperará que toda la riqueza que escondes debajo de tu vanidad se transforme en pasión y entrega. Sacará de ti lo mejor, o sea esa especial mezcla de afecto, ternura y sensualidad que mantienes oculta en tu altanería. Para él eres la representación misma del deseo y a ti nada te excita tanto como la adoración masculina.